“El cariño que recibo de la gente es motivador y me da ganas de seguir”

“El cariño que recibo de la gente es motivador y me da ganas de seguir”

Tiempo de lectura: 10 minutos

Desde que era un niño ha tenido el impulso, el instinto y la intuición de hacer reír. Con raíces en Tardienta (Huesca), Rafa Maza se inició en la carrera militar y estudió Historia, pero siempre tuvo el humor como objetivo y prioridad en su vida. El actor y cómico igual te presenta una gala, que te llena un teatro o te clava una interpretación en una pieza audiovisual, es un auténtico todoterreno. 

Su alter ego es Fabiolo, de quien dice haber aprendido mucho por el carácter alegre y desenfadado del personaje que él mismo creó. Aprovecha estos días de verano para “cargar pilas” en Tardienta, pero antes pasamos una tarde muy divertida, como es Rafa, charlando sobre la vida y su trayectoria en este nuevo Secuenciando a. Localización, el Parque Grande de Zaragoza, ciudad a la que volverá en octubre con su espectáculo más viral ‘Fabiolo Connection’.

Rafa, imagina que llega un marciano a la tierra, pongamos que es Gurb, el personaje de Eduardo Mendoza, y pregunta: ¿quién es Rafa Maza?

Empezaría por la palabra comediante y le diría que soy alguien que, de siempre, he sentido el instinto de hacer reír a los demás. Lo he mantenido hasta ahora, porque me sale como un impulso, y luego me he formado como actor. Pero de niño no pensaba en ser actor de películas, no quería ser Paul Newman o un actor dramático, me gustaba Chaplin, Jerry Lewis, los cómicos ingleses, los Monty Python, los cómicos del ‘Un, dos tres’, ‘Martes y trece’, La Codorniz, Jardiel Poncela, la tradición del humor absurdo en España. 

¿Qué soñabas ser cuando eras pequeño?

Como se me daba muy bien el ejercicio físico, la educación física –lo ganaba todo, las carreras, el atletismo–, tenía esa cosa de dedicarme al deporte. Pero mi padre es militar, ya jubilado, y lo veía como algo aventurero. Mi padre me dijo: “tienes que ser militar” y ahí tuve una crisis de identidad, porque me puse a estudiar después del instituto para la Academia General Militar, pero pensé “dónde me he metido”, porque nunca había perdido el deseo de querer hacer reír.

¿Dónde estudiaste?

Estudié dos años en Ronda, en Málaga, en un centro para hijos de militares. Pero después estudie letras, Historia. En segundo de BUP me di cuenta de que lo mío eran las letras y de que tenía sensibilidad poética, cuando una profesora quiso leer mi texto en literatura porque le pareció muy bonito. De hecho, cuando estudiaba en Ronda me llamaban el poeta. Tras decirle a mi padre que no quería ser militar, estudié Historia en Zaragoza, la acabé y me fui a Madrid a estudiar arte dramático

¿Te gustaba Historia o la estudiaste un poco forzado?

Me hubiera gustado estudiar Filología también, pero no quería perder el tiempo, quería irme a Madrid y pensé: “estudio el primer ciclo de Historia y me voy a Madrid”. Con Historia podía estudiar optativas como literatura del Siglo de Oro, cultura y mentalidades de la Edad Moderna, de la Edad Media, literatura grecolatina. Quería tener una base para irme a Madrid y me quería quitar esa espinita de las letras, así que me licencié en Historia.

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«Cuando llegué a la RESAD en Madrid me eché a llorar al pensar que lo había conseguido, que iba a estudiar lo que siempre quise hacer»

¿Cómo fue tu llegada a Madrid y a estudiar teatro?

Fue muy ilusionante, no me lo creía. Tenía 23 para 24 años, ya había estudiado Historia en Zaragoza, había hecho teatro universitario aquí, trabajado en eventos, hacía cumpleaños, comuniones, hacía malabares, me metí en el mundo del clown, había hecho campamentos de verano y tenía cierta formación. Al llegar a Madrid recuerdo ver esa curva donde está la escuela de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) y echarme a llorar, pensar que lo había conseguido y que iba a estudiar lo que siempre quise hacer. Tenía 24 años, no 18, pensaba que ya había llegado tarde y fue como volver al cole, porque las asignaturas eran divertidas, hacíamos acrobacias, expresión corporal, literatura dramática, mimo, interpretación…

Éramos muy poquitos, once en clase, y era un privilegio tener a tantos profesores y empezar a empaparme del teatro gestual. Terminando la RESAD me llamaron del Centro Dramático de Aragón para hacer ‘Las tres hermanas de Chejov’ y antes me habían becado para irme a estudiar en un proyecto europeo de actores, con el que pasé un verano maravilloso en Italia, en Francia y Portugal. En ese proyecto hicimos ‘El sueño de una noche de verano’ y me dirigió el actor italiano Carlo Cecchi. 

Al acabar la RESAD hice más cursos del actor ante la cámara, castings. En uno de ellos, la actriz Carmen Utrilla me dijo que yo servía para hacer de malo. También entonces comenzó ‘El Intermedio’ y me llamaron para hacer la voz de Jiménez Losantos. 

Uno de mis primeros pinitos en la tele fue en la serie ‘Hermanos y detectives’. Un día, en 2007, me desperté y vi en una página web que buscaban a un actor que hablara japonés. Les envié un audio presentándome en japonés (no lo habla, aunque con lo que escuchamos en la entrevista nosotras nos lo creeríamos). Me llaman y me dicen que están entre otro chico que había estado en Japón y yo, pero que yo hablaba muy fluido, así que me cogen y me dan un texto en japonés. Pido ayuda a un compañero de la RESAD y llego el primer día al rodaje con Assumpta Serna, cuyo personaje visitaba un colegio de niños superdotados, hablaba a un grupo de niños japoneses y yo era el traductor. Cuando le dije al director que en realidad no hablaba japonés, se quedó en blanco. Pero lo más surrealista es que los que hacían de japoneses eran chinos, a quienes conocía de Malasaña, ¡y ese capítulo salió! (ríe). 

Tras esa primera toma de contacto con la ficción televisiva, continué haciendo castings y cursos. Uno de ellos, con la Unión de Actores, con Susan Batson, que fue un antes y un después, porque la coach de actores me dijo que tenía que estar en un teatro actuando porque era muy bueno, y me busqué un teatro. 

¿Fue tu impulso para empezar?

Sí, porque con la crisis de 2008 yo hacía un espectáculo de malabares en la calle que triunfaba en Madrid. Me empecé a meter en teatro, decidí embarcarme más en el mundo de mis proyectos, ver que podía vivir de actuar, pero en el teatro, me busqué una persona que me llevara, comencé a ir ferias de teatro, me hice autónomo.

Creaste también tu propia compañía

A finales de 2012-2013 empecé a hacer el primer espectáculo con Fabiolo, me presento en la feria de Huesca y a los programadores vascos les encanta. Son los primeros que me empiezan a contratar, entro en la red del País vasco y me empiezan a llamar, a preguntarme por mi caché, y a cerrar fechas. A raíz de eso y de que siempre he actuado en Madrid con mis espectáculos, llevo ya tres producciones, empiezo a girar. 

Un paso importante fue presentar la gala del Festival de Cine de Fuentes de Ebro. Ahí me ve gente de ‘Oregón TV’, el director del certamen, José Antonio Aguilar, me trata con cariño especial y me anima a conocer gente y allí conozco al director José Manuel Herraiz (con quien ha trabajado en su último corto ‘Vuelve con mamá’ por el que ganó el Premio Simón del Cine Aragonés a mejor actor), entre otros. 

¿Qué supone para ti ‘Oregón TV’?

‘Oregón’ está siendo muy importante porque da muchas tablas a nivel de comedia en televisión y esa sección que tengo de piso compartido es un poco Friends para todos los públicos. El oficio de actor es un oficio artesanal y hay que estar. Decía Anthony Hopkins, que para mí es un referente en todo, que no hay proyecto al que un actor que comienza tenga que decir que no, hay que hacerlo todo porque es experiencia y no sabes dónde te va a llevar una cosa o la otra. Por eso me dijeron de hacer de jurado de ‘Jotalent’, y aunque de jota no sabía, dije sí.

«Fabiolo ha enseñado mucho a Rafa, con su actitud desenfadada y de aprender a ponerse en ridículo él primero»

Has creado un personaje muy icónico, Fabiolo, pero ¿de dónde surge? 

Fabiolo nace un poco en la calle. Yo estaba en ‘El Intermedio’, haciendo otras producciones con otras compañías y me iba al Retiro a entrenar, a correr, me llevaba mis pelotas de malabares, mis mazas, y conocí a un brasileño que hacía semáforos y también entrenaba en el Retiro con el monociclo. Un día lo acompañé a ayudarle a hacer semáforos y pensé en hacerlo también. Me puse a hacer malabares en un monociclo debajo de mi casa y con una hora allí vi que ya no tenía que trabajar de otras cosas. 

Un día me metí en un bazar y compré tres raquetas por siete euros cada una, para hacer malabares con las raquetas. Me vestí de tenista y me fui a la Caja Mágica, el primer año que abrió, a la final del Madrid Open, pero fue un caos de coches y pensé: “qué horror, a qué vengo yo aquí”. Al regresar a casa me llegó la canción ‘Estoy loco por el tenis’, que ponía Gomaespuma en su programa por las mañanas, y pensé en hacer el show con esa canción. 

Entonces me imaginé el personaje: años 70, Manolo Santana. Me fui a Malasaña, me compré un polo de segunda mano vintage azul celeste, unos pantalones, calcetines y me fui al Retiro con un radiocasete a pilas a interpretar la canción. Después me compré un aparato con micro y comenzó a salir ese personaje pijo (en 2009). 

Lo hago dos años, al tercero paro, me voy a Shanghái –a actuar en el pabellón de España en la Exposición Universal de 2010–, y cuando regreso en 2011 me dice un amigo que fuera a una fiesta de cumpleaños vestido de tenista. Ahí retomo el espectáculo en la calle y un tío que tenía una sala de teatro me dice que quería que estuviera en su sala. Al año siguiente nace el primer espectáculo ‘Tenis show’; después le pongo nombre al personaje, Fabiolo, y tras ver un anuncio de Loewe que decía ‘solo Loewe’, le pongo nombre al espectáculo, ‘Solo Fabiolo Gran Slam’. Lo estreno en el Teatro Alfil el 11 de junio de 2013; y antes ‘Tenis show’ se había estrenado el 27 de noviembre de 2012. Así, algo mío entra al escenario. 

¿Qué tienes de Fabiolo y qué tiene Fabiolo de ti?

Ahora ya tiene mucho. Creo que Fabilo ha enseñado mucho a Rafa, destacaría su carácter de vivir la vida con alegría, con actitud desenfadada, de bufón, de clown, de aprender a ponerse en ridículo él primero y luego poner en ridículo a los demás. El escritor, director y guionista Ray Loriga me dijo que funcionaba porque yo era el primero en ponerme en ridículo con los gestos, la vestimenta, y luego podía ridiculizar a los demás, y que los chistes tienen que caer de pie y los míos lo hacían.   

Siempre has estado vinculado al humor, casi podríamos decir que estabas destinado a ello, pero ¿es lo más difícil, hacer reír a la gente?

Sí, pero como he tenido ese impulso desde niño, cada vez me lo creo más, desde la humildad y desde ese carácter aragonés de no presumir de lo que no eres, pero siempre me han dicho que me lo tenía que creer más. 

¿Lo tuyo es pura pasión por el teatro y los escenarios?

Sí, sin duda. Solamente lo que es el edificio, un teatro, ver el escenario y el patio de butacas ya me generaba de niño una fascinación, quería estar ahí. Y sin embargo, no era una persona que quisiera mostrarse o que fuera súper extrovertido; de hecho me echaban para atrás los actores muy extrovertidos. 

Si no estuvieras subido en un escenario, ¿a qué te estarías dedicando?

A esto. Volvería a salir a la calle, he aprendido muchísimo en la calle. He aprendido qué es un teatro, porque a veces en la calle uno tiene que generar la experiencia teatral, y si no tenía un escenario, me lo inventaba y seguro que me lo volvería a inventar. De hecho, fue lo que pasó en la pandemia. Nos encerraron en casa, tenía actuaciones cerradas que se cayeron y ¿qué hice? Vídeos, y ese fue mi escenario y lo hice inconscientemente. Había que asumir que no podría subir al escenario y empecé a darle a la creatividad, y soy conocido por los vídeos de la pandemia. 

Eres un gran imitador, pero ¿imitador se nace o se hace?

Aristóteles dice que el principio del aprendizaje es la mímesis, imitar, que los niños empiezan no aprendiendo, sino imitando. Yo en el colegio, sin querer, imitaba a los profesores, de escucharles me salía solo. Y me gustaba eso. A veces envidio a un Carlos Latre que se lo prepara bien; a mí me sale espontáneo y me cuesta. ¿Qué pasaría si me lo preparara un poco más? El acento africano (lo imita, como ejemplo) fue un ejercicio de la RESAD, porque quería hacer la historia de un africano que llega en patera y me fui a Lavapiés y solo así de escuchar cogí el acento de Senegal.

«Es un privilegio trabajar desde, por y para mi tierra, Aragón, pero que también sirva como impulso»

Te hemos visto recientemente en el corto aragonés ‘Vuelve con mamá’ y en distintos trabajos en Aragón, ¿qué supone para ti trabajar en tu tierra, cuando estás triunfando en toda España?

Es que hay que empezar por ahí, por trabajar en tu tierra. No solo me siento afortunado, sino que es un privilegio trabajar desde, por y para mi tierra, pero que también sirva como impulso. Porque nunca me fui de aquí, nunca me llegué a ir del todo. Siempre he tenido ese vínculo y he podido vivir en Madrid porque he trabajado en Aragón, porque me han salido actuaciones en pueblos en verano y me ha dado dinero para seguir viviendo en Madrid. Ahora creo que Aragón está siendo el motor de hacer cosas, tanto en televisión, en el teatro, ahora estaré en el Pilar los diez días en las Esquinas (con ‘Fabiolo Connection Match to the future’). 

Tengo dos ciudades talismán: una es Zaragoza y la otra es San Sebastián, donde siempre trabajo. También Teruel, con el Desafío Buñuel; Huesca y Sevilla. 

¿Qué te satisface más de tu trabajo? 

Lo más estimulante ha ido evolucionando con cada año, pero ahora el cariño que recibo de la gente me resulta supermotivador, estimulante y me da ganas de seguir, de esa cosa de creérmelo un poco más, eso me ayuda. Igual es porque lo intento hacer desde la naturalidad o desde la buena voluntad de hacer un vídeo gracioso y que luego la gente te agradezca que les hagas reír…

¿Quiénes son tus favoritos del audiovisual aragonés?

Me gusta mucho Paula Ortiz, con la que tuve la suerte de coincidir en un campamento de teatro en verano con 18 años; con José Manuel Herraiz queremos hacer algo más; José Delgado me llamó para ver si hacíamos esa película de Fabiolo tipo Torrente; me gustaría conocer más a Ignacio Lasierra, me gustaría trabajar con él; también con Alex Rodrigo, con quien estuve en el Festival de Huesca y que se llevó buena sensación mía de la serie ‘El último show’; con Carlos Val; me gustaría conocer a Pilar Palomero. Del audiovisual aragonés destacaría la iniciativa ‘Desafío Buñuel’, que es para mí una experiencia muy bonita, inmersiva, es vivir el cine, una fiesta, y allí tuve al suerte de conocer a Verónica Forqué y a otros actores. 

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Ahora descansar, que tiene narices que sea un proyecto; también el espectáculo de Fabiolo Connection; nuevos retos en televisión; y me gustaría, sería un sueño, hacer ‘Fabiolo, la película’, pero también que confiaran en mí para un proyecto o película, una sorpresa con un papel en una peli guay, me encantaría llevarme esa sorpresa.

¿Y te pasarías al drama más profundo si fuera el caso?

Claro, sí. Lo difícil es hacer reír y Carmen Utrilla ya me dijo que yo valía para hacer de malo (ríe). 

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«La pasión que siento por el cine no se me va a pasar nunca»

«La pasión que siento por el cine no se me va a pasar nunca»

Tiempo de lectura: 11 minutos

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Estudió Empresariales, trabajó en la Base Americana y, después, se convirtió en fotógrafo antes de llegar a su actual empleo como técnico en marketing internacional. Pero desde pequeño amó el cine y esa pasión le ha llevado a ser cineasta, ayudante de dirección, actor, locutor, guionista, productor y director de teatro. Es, además, presidente de la Academia del Cine Aragonés (ACA) desde el año 2016. 

Quedamos con Jesús Marco Murillo en un espacio muy apropiado para celebrar este fin de semana el Día de Aragón, el Parque Tío Jorge en Zaragoza. En este nuevo Secuenciando a, hablamos con el director de su carrera profesional, del audiovisual aragonés y del presente y futuro de la ACA.

¿Cómo surgió tu amor por el cine?

Le debo mucho a mi madre, que es una gran cinéfila. Ella coleccionaba los panfletos que daban en los cines y, desde muy pequeño, me decía si había visto tal película, que era muy buena; ahí empezó. Además, iba al colegio Maristas y había un cine abierto al público todos los sábados y domingos por la mañana y yo iba a ver lo que fuera, daba igual lo que pusieran, que iba a verlo. Así, cada vez me gustaba más el cine y era una forma de evadirme. 

¿Qué significaba poder ir al cine todos los fines de semana?

Siempre buscaba los entresijos de ver cómo se había hecho esa película, esos efectos, aunque a esas edades disfrutaba de la misma historia que estaba viendo. Recuerdo que salíamos al acabar la película, nos escapábamos al patio del colegio y nos poníamos a emular lo que habíamos visto. Si era una de mosqueteros, una de mosqueteros, o de espías, vivía las historias. 

¿Las vivías desde el punto de vista del protagonista o también te ponías detrás de la cámara con tus compañeros? 

También. Jugábamos a representar lo que habíamos visto, siempre llevaba la voz cantante y, de pequeño, reunía a mis amigos para poner las películas que tenía en un Cinexin. Después, animado por un profesor de Maristas que vio que valía para eso, hice teatro. El profesor hizo un concurso, había premios, nuestro grupo ganó y yo me llevé el premio a mejor actor. A raíz de eso, el profesor me regaló un libro de teatro contemporáneo, empecé a escribir mis propias obras y logré que se representaran en el colegio, pagando entrada el público. Representamos tres obras de teatro que me inventé, con los compañeros de clase como actores. 

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¿Qué temas te interesaban entonces?

La comedia. Las tres obras que hice fueron comedia pura y dura. Una fue ‘El pequeño Draculín’, me inspiré en una película de Mortadelo y Filemón que vi en el cine y el protagonista era yo. Para las otras dos busqué en la Librería General alguna obra o novela que pudiera adaptar y adapté ‘Tom Sawyer, detective’. Además, con 13 o 14 años, Alejandro Dumas y los tres mosqueteros eran para mí un referente e hice otra obra de teatro titulada ‘Los tres mosqueteros y medio’. Esos fueron mis inicios en el mundo de la farándula; me hubiera gustado hacerlo en cine, pero no tenía dinero, ni medios, ni nada y en aquella época te autoconvencías de que no ibas a poder hacer nada nunca de eso porque eso, era para otra gente con más medios o suerte, o lo que fuera. 

«Mi primer cortometraje fue ‘El pañuelo’, una historia sobre un amor que nunca muere»

¿Cómo llegó ese momento de empezar a hacer cine?

A la vejez, viruelas. Tenía esa espinita clavada de que no me había podido dedicar profesionalmente a algo audiovisual. Trabajaba entonces en la Base Americana, pero los americanos se fueron y nos echaron a todos a la calle y pensé en qué hacer. Había estudiado Empresariales, pero no me gustaba, era algo impuesto por exigencias familiares, y a la vez en el primer año estuve en la Escuela de Arte Dramático, pero hice caso a mis padres y me decanté por lo que no me gustaba. 

Al quedarme en el paro, al cerrar la Base Americana (1992), pensé que era una oportunidad, aunque en esa época no había el movimiento que hay ahora de cortometrajes, no se hacían apenas. Pensé que, ya que no podía contar historias en cine, las contaría en fotografías, y monté un estudio de fotografía del que viví durante más de diez años. En esa etapa tuve acceso a los medios, conocí gente que hacía vídeos y me lancé a hacer el primer cortometraje, que me costó 10.000 pesetas y lo hicimos con la colaboración de amigos y familia. Se llama ‘El pañuelo’ (estrenado en el año 2000).

¿Y de qué va?  

Mezcla la fantasía, jugando un poco con el tiempo. Trata de un soldado que estaba en los Balcanes y que, de repente, se encuentra con un soldado de la Guerra Civil española. Es sobre el amor eterno, el amor que nunca muere, porque este soldado español es un fantasma que se había quedado vagando y se aprovecha del otro soldado para darle el último mensaje a su amada, un pañuelo que ella le da cuando se va a la guerra y, como él muere, no regresa. Y el soldado aprovecha esa ocasión para que vuelva a ella, ya anciana, antes de que también fallezca. 

Pasaste de la comedia en teatro a una fantasía dramática en audiovisual. 

Totalmente. No he sido capaz de hacer comedia en cine. Tengo un trabajo, ‘Tacones de Stanislavsky’, que es una comedia. Pero con lo costoso que es sacar adelante un proyecto, y lo mal visto que estaba llevar comedia a los festivales y es difícil, pues pensé en hacer cosas serias, temas que me interesaran, denuncia social. Quitado ‘Tacones de Stanislavsky’, que el guion en principio no era mío y luego lo adapté, lo demás son todo dramones. 

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¿Cuáles eran tus referentes en el audiovisual a la hora de empezar a trabajar?

A veces lo he pensado, pero tengo tal mezcla, me pasa igual con la música, me gusta toda clase de música siempre que sea buena, que me llegue, y en el cine me pasa igual. Puedo ser un gran admirador de Akira Kurosawa, que es un gran contador de historias, pero también me gusta el cine más comercial, como el de Spielberg, el cine de acción, bélico, los musicales. Tener un referente al que querer copiar, no, aunque sí que tomas cosas de uno y de otro. 

Scorsese me gusta mucho, por ejemplo, sobre todo el estilo visual, de los planos, igual que Spielberg, es otro maestro. O el cine clásico de Chaplin, el cine negro de los 40 y 50. A veces he intentado simular la estética visual del impresionismo, y de enfocar la cámara de Orson Welles, en ‘Ciudadano Kane’ o ‘El tercer hombre’. Me gusta mucho jugar alguna vez con grandes planos secuencia, que son un reto para un director, porque bien hechos me encantan y siempre que puedo intento meter alguno.  

¿Qué trabajo destacarías de tu carrera y por qué? 

Quizás el que más cariño puede que le tenga, porque fue el primero y fue un reto, sin dinero, con condiciones climatológicas adversas, es ‘El pañuelo’. Si ahora lo tuviera que volver a dirigir no lo haría como entonces, cambiaría muchas cosas porque era mi primer trabajo y cada vez que lo veo, veo los fallos que cometí, pero le tengo un cariño especial al guion, creo que es el más redondo que he hecho. Y también lo gocé dirigiendo ‘Al, uno de tantos’, con Jesús Guzmán como actor, por lo que pude aprender de un actorazo como es Jesús Guzmán, y por la historia. Quise adentrarme en el mundo del Alzheimer, de cómo se puede sentir una persona con esa enfermedad. Esos dos son de los que más orgulloso me puedo sentir, aunque de los demás también. 

Es inevitable querer corregir o ver errores en los trabajos realizados… 

Siempre, a veces pasa mucho tiempo sin ver nada y un día te pones a revisar y piensas “por qué he hecho esto así, por qué puse la cámara allí y no en otro lado”. Siempre pensando “si ahora lo volviera a hacer, lo haría de otra forma”, pero ahí queda, es un proceso y cada vez vas aprendiendo más, nunca acabamos de aprender. Y otra de las cosas que me ha valido y que he hecho bastante es de ayudante de dirección con gente muy distinta entre sí, desde Fernando Usón, Sadie Duarte, Raúl Guíu, y son muy distintos a la hora de dirigir, pero eso te aporta mucho porque ves cómo dirigen otras personas. Es una de las facetas, además de como realizador, en la que más disfruto. 

Eres director, ayudante de dirección, director de teatro, productor, guionista, locutor, actor, ¿qué destacas de cada faceta? 

Lo más cómodo quizás es ayudante de dirección, porque tienes una gran responsabilidad como mano derecha del director y te tienes que saber la película igual o mejor a la hora de afrontar un rodaje, pero la carga es menor, porque la responsabilidad la tiene otro. Otra faceta muy cómoda es poner voz, hacer locuciones, porque lanzas el texto y ya está. 

Del resto, lo primero que hice fue ser actor, con 14 años, y es una de las cosas que me encanta y me gusta muchísimo, aunque quizás es una de las facetas que menos estoy haciendo porque me tienen asociado como realizador y no se acuerdan nunca de que como actor llevo una larga trayectoria. He sido profesor de teatro y ahora dirijo un grupo de teatro amateur, en el que nos lo pasamos muy bien. 

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¿Qué se necesita para vivir del audiovisual? 

Estar en el momento adecuado, en el sitio adecuado y tener mucha suerte. Además de si vales o no vales, si no vales por mucho que estés…, aunque es discutible porque hay gente que no vale y ahí está. Con la edad que tengo se me pasó el tren hace mucho tiempo; si ahora me pillara con veinte años no haría lo que hice, porque quería estudiar cine en Madrid, pero no me dejaron mis padres e hice caso. Si ahora volviera atrás no haría caso, me iría a ver qué sale. 

Ahora hay más facilidad y formación.

Es que antes no había nada en Zaragoza, existían los cineclubs, pero profesionalmente no te lo planteabas, la única manera era irse a Madrid o Barcelona a la escuela de cine, que costaba mucho dinero. Y al final te convences tu mismo pensando en que te conformarás con ir al cine, pero ahora es una gozada, en las escuelas públicas puedes estudiar realización, producción, aquí mismo en Zaragoza, si no tienes la privada. 

Aquí estaba la Escuela de Arte Dramático, pero el título no era oficial, no te garantizaba una salida profesional y más en Zaragoza. Podías hacer tu compañía de teatro amateur, pero me autoconvencí, estuve muchos años no queriendo saber nada, pero al tener la posibilidad de coger una cámara y un foco, lo hice y hasta ahora. 

«Estar en la Academia del Cine Aragonés es una manera de vivir el cine y es una ventana para que la sociedad aragonesa conozca lo que se hace en Aragón»

¿Cómo ves el panorama audiovisual aragonés? 

Está muy bien y a las pruebas me remito. Raro es el año que no tengamos algún aragonés nominado a los Goya y es por eso mismo, ha habido mucho acceso a la formación, gente con talento y que se forma ya tiene las herramientas adecuadas para sobresalir. Y llevamos muchos años en que las ayudas al audiovisual han hecho mucho bien. Antes no existían, no había nada, ni un duro de ninguna institución, pero se han ido concienciando de que merece la pena aportar y ayudar a la gente joven, lo que ha hecho que gente bien preparada se haya lanzado a hacer cortos, que han ganado festivales, han llegado ayudas a largometrajes. Y eso ha hecho que tengamos a Paula Ortiz, a Pilar Palomero, a Javier Macipe, que son el futuro del cine no ya aragonés, sino del cine español, porque el cine es global. 

¿Se podría hacer algo más para darle otro empujón al sector? 

Sí, dedicar más presupuesto. Tener en cuenta que a veces las ayudas salen muy tarde, lo que hace que gente que está en el proceso al final no puede hacer su proyecto por no poder adelantar el dinero; aunque poco a poco se ha dado cuenta la administración e intentan que las ayudas salgan cuanto antes. 

Con Aragón TV lo mismo, tenemos una televisión autonómica que gracias a Jaime Fontán (jefe de producción de Aragón TV, fallecido en 2021) apostó por el cine aragonés. Y falta otro pilar que es la privada, que se den cuenta de que si invierten en cine aumentarán las posibilidades de hacer más largometrajes en Aragón. 

Eres el presidente de la Academia del Cine Aragonés y próximamente se celebrará una nueva edición de los Premios Simón, ¿nos puedes hacer algún spoiler de cómo será la gala? 

Se va a hacer en Huesca, por fin, que era una de las reivindicaciones que teníamos como Academia, que no se hicieran solo en Zaragoza. El año pasado lo hicimos en Andorra (Teruel), con grandes problemas climatológicos, y este año la iniciativa no partió de nosotros, porque tras la experiencia del año pasado no nos apetecía mucho movernos, pero ha habido mucho interés por parte de Huesca, porque este año es el 50 aniversario de su Festival de Cine y querían dedicar el año 2022 al cine en Huesca. Tuvimos reuniones, nos convencieron y lo haremos en el Palacio de Congresos el 25 de junio, a las 20.00 horas. 

Este año se han recibido 43 trabajos audiovisuales, que votan los miembros de la Academia para completar la lista de nominados en cada categoría ¿En qué fase están los trabajos presentados a concurso?

En este momento estamos en la fase de que se tienen que estar viendo ya los trabajos presentados y votando para que a mediados de mayo se conozcan los nominados. Cuanto más vote la gente ahora, más justo es el resultado. Como se tienen que votar a tres trabajos se evitan favoritismos, se vota porque ha gustado el trabajo y eso es fundamental. Lo que suele pasar es que la gente vota poco en la primera fase y luego se vota en la segunda, cuando tendría que ser al revés casi. Votar más en la primera fase y también en la segunda, cuanto más mejor. 

Se ha notado este año la pandemia en el número de cortometrajes, ha habido un bajón porque la pandemia frenó los rodajes. En cambio, tenemos tres largometrajes a concurso y muchísimos documentales. Es lógico, porque en cuanto a la vida comercial de un proyecto, para un realizador o un productor es más fácil recuperar el dinero invertido con un documental y la gente se ha volcado más. Además, son de gran calidad, puede que seamos la comunidad que más documentales hace. 

Llevas desde 2016 como presidente de la ACA. ¿Qué significa para ti la Academia?

Desde el año 98, cuando nació la Asamblea de Cineastas Aragoneses e hice mi primer corto, busqué de alguna forma relacionarme con gente que hiciera lo mismo que yo y ahí fue cuando conocí esta Asamblea. Desde el principio me involucré mucho, sin tener ningún cargo ni aspirar a tenerlo, porque es una manera también de vivir el cine, ya que no puedes estar rodando todos los años, es una manera de estar vinculado al mundillo del cine en Aragón y en Zaragoza, viviéndolo de otra forma. ¿Qué significa? Todo mi tiempo libre lo dedico a esto, a veces con los sinsabores de un cargo de responsabilidad que ejerces por amor al arte, pero acompañado de un equipo que curra mucho. Cuando deje de ser presidente seguiré vinculado y trabajando. 

La razón de ser de la Academia es promocionar y dar a conocer el audiovisual de la zona. Si no existiera la gala de los Simón, la gran mayoría de los aragoneses no conoceríamos el audiovisual que se está haciendo en Aragón más que los tres o cuatro poquitos que cada año están nominados a los Goya. De esta forma, es una especie de ventana para la sociedad aragonesa que tiene la oportunidad de conocer de primera mano qué se hace dentro del mundo audiovisual. Pero la ACA no solo son los premios, a lo largo del año intentamos aportar nuestro granito de arena en formación audiovisual, divulgación y actos como proyecciones, cursos, talleres, exposiciones. 

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¿Hacia dónde dirige su futuro Jesús Marco? 

(Ríe) A estar como estoy. La pasión que siento por el cine no se me va a pasar nunca, aunque me jubile o deje de ser presidente de la ACA, porque tienen que venir generaciones jóvenes a tomar el relevo, pero seguiré colaborando como uno más, aportando lo que haga falta y haciendo lo que se me pida, como ayudante de dirección, como actor, lo que sea. Y apoyando a la Academia en lo que me pida. 

También tengo proyectos propios, tres o cuatro, que se han quedado por el camino porque veo complicada la financiación. Prefiero colaborar con proyectos de otros, egoístamente sufro menos, y dedicarme más a fondo a la Academia. Aunque si conocéis a algún productor que ponga la “pasta”, le presento tres o cuatro (ríe). 

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“Quería vivir entre el teatro y los platós, sabía que era mi sitio natural y me formé mucho para ello”

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De los pueblos del Prepirineo y el Somontano a conquistar el corazón de los espectadores españoles desde el Asturiano, en su papel como Manuela Sanabria en ‘Amar es para siempre’. La zaragozana Itziar Miranda siempre quiso ser actriz y es una todoterreno en el mundo del audiovisual y el teatro, facetas a las que se suma la de escritora, con sus propias colecciones de libros infantiles y juveniles editadas por Edelvives. Se trata de la «colección Miranda» sobre biografías de mujeres pioneras y excepcionales, y la reciente «Miranda y Tato», una colección de libros de aventuras sobre los ODS (objetivos de desarrollo sostenible) de la ONU, escritos junto a los también aragoneses Jorge Miranda y Nacho Rubio. 

Amable, accesible, siempre sonriente, nos encontramos con la actriz con motivo de su visita a Zaragoza para participar en una de las charlas organizadas por los Feroz, que celebrarán su próxima edición en la capital aragonesa, dedicada a las series diarias y a la que también acudió el director de ‘Amar es para siempre’, el zaragozano Eduardo Casanova. En el Teatro Principal conocemos a la actriz, la escritora y la persona en este nuevo Secuenciando a.  

¿Cuándo surge tu deseo de ser actriz?

Empezó en la niñez. Mi padre era médico rural en diferentes pueblos de la provincia de Huesca, pasó muchos años en Estadilla, y mi madre montó una compañía de teatro, tanto para niños como para adultos. Me he criado en el teatro del pueblo, ensayando y viendo obras y también viendo a la compañía de adultos y aficionados, y ahí sí que me entró el gusanillo. No podía ser otra cosa. Además, tengo una tía actriz, Rosa Vicente, que estuvo en la compañía de Nuria Espert, mi prima Laura también era una gran bailarina de la Compañía Nacional de Ballet de Cuba, y estábamos todos bastante vinculados al teatro. 

¿Cuándo das el paso de ponerte a estudiar interpretación y te vas a Madrid?

Me fui un poquito antes de empezar los estudios, con 17 años, pero con la idea de estudiar arte dramático en Madrid y fui directamente desde Estadilla, que era donde vivía en ese momento, a Madrid. 

¿Cómo son tus primeros trabajos en Madrid? ¿Qué recuerdas de aquella época? 

Recuerdo presentarme a todos los castings del universo, recibir muchos «no» y no me importaba, yo sabía que esto era para mí, que quería vivir entre el teatro y los platós y que era mi sitio natural. Sabía que era una carrera de fondo, de velocidad, me preparé mucho, me formé mucho, seguí presentándome hasta que de repente empezaron los «sí» y reconozco que hay un factor suerte importante en la profesión, aunque es verdad que siempre la suerte y el trabajo van de la mano, pero he sido una afortunada. También soy muy trabajadora y muy constante.


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Foto de Secuenciadas

«Manolita es uno de los personajes más bonitos que se han escrito en la televisión española»

Entre otros personajes, te conocemos por interpretar a Manolita en ‘Amar es para siempre’, ¿qué ha supuesto este papel en tu vida? 

Manolita es un regalo, es uno de los personajes más bonitos que se han escrito en la televisión española, es cómo se puede entender una sociedad a través de nuestras mujeres, de nuestras madres y nuestras abuelas y de todo lo que ellas hicieron por nosotras. Cómo entendieron la vida y todo el camino que nos han dejado, ese legado que no podemos abandonar, que tenemos que coger el relevo y, con toda nuestra fuerza, seguir manteniéndolo bien alto porque ellas nos dejaron el listón muy alto. Gracias a Manolita soy escritora también y empecé a escribir sobre las grandes mujeres olvidadas y silenciadas, y gracias a Manolita y a su compromiso e implicación con el mundo escribo sobre los objetivos de desarrollo sostenible. No solo me ha dado mucha escuela y oficio, y conocer a casi todo el mundo de la profesión, que ha sido una maravilla, sino que también el bagaje personal ha sido muy grande, y la enseñanza personal. 

¿Qué hay de Manolita en ti y de Itziar en Manolita? 

Pues ya confundo un poco porque llevamos 17 años juntas y hemos crecido juntas. Yo entré con 25 años en la serie y tengo 43, pero hay una cosa de tirar para delante, de optimismo, de esa fuerza que tiene.

¿Cómo es trabajar en una serie diaria? 

Es maravilloso, un regalo, esta cosa que tiene de que no tienes muchas tomas para darlo todo, por lo cual desde el primer momento tienes que estar a flor de piel y a flor de labios. Eso es un regalo, lo dan las series diarias, no tienes tiempo para pensar, solo tienes tiempo para trabajar. Estoy acostumbrada a levantarme muy temprano, a veces me levanto a las cuatro de la mañana para escribir, para que cuando me recojan a las seis me haya cundido ya un poquito el día o la noche, según se mire. Nos cuidan mucho, ‘Amar’ funciona como una relojería y funciona muy bien. 


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«Trabajar en Aragón y con aragoneses me hace sentir muy en casa»

Te hemos visto también en proyectos como la serie ‘El último show’ o el documental ‘Vilas y sus dobles’, ¿qué sientes cuando trabajas en Aragón o para un proyecto cien por cien aragonés?

Me emociona mucho, porque al final yo soy aragonesa y, aunque lleve toda mi vida en Madrid, siento que vengo de aquí y trabajar no solo en Aragón, sino con aragoneses, me hace sentir muy en casa y, además, lo das todo. El aragonés te lo da todo, no hay concesiones, te dice las cosas como las piensa, y hay algo de exigencia muy grande y de disfrute también, el aragonés disfruta mucho lo que hace. 

Además eres escritora, ¿cómo comienza esta faceta? 

Mi madre es escritora, mi tío Roberto es un gran escritor y periodista, mi padre escribía también y mi tío Ramón. Vengo de una saga de buenos escritores y siempre nos ha gustado mucho escribir a mi hermano y a mi, pero es verdad que la decisión de empezar con una colección de mujeres seguramente vino empujada por todo lo que he aprendido con Manolita.  

¿Por qué te has decantado por la literatura infantil y juvenil? 

Creo que lo más difícil de cambiar son los prejuicios y las tendencias y solo se puede hacer a través del relato cultural, de la educación. Vivo de las rentas de mi educación, de vivir en el pueblo en el que viví, de todo lo que aprendí allí y del contacto con la naturaleza. Para mí es tan importante y lo tengo como un referente ético, moral y de educación que si puedo hacer algo por el mundo, que sea con la educación.

¿Sigues el panorama audiovisual aragonés de cerca? 

Estamos en la cresta de la ola, pero todo, a nivel literario también con Irene Vallejo, Manuel Vilas, Daniel Gascón, nosotros en literatura infantil y juvenil; el panorama de cine con todos los grandes cineastas, los programas, las series, tantos aragoneses, entre ellos nuestra serie con Eduardo Casanova a la cabeza, creo que estamos viviendo el siglo de oro aragonés.


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Foto de Secuenciadas

Itziar Miranda junto al director de Amar es para siempre Eduardo Casanova. ¡Pedazo de profesionales aragoneses!


¿Dónde te podremos ver próximamente? 

Tengo dos películas que además van a ser en Aragón y tengo muchas ganas de ellas. Una la va a dirigir Javier Calvo Torrecilla y otra Miguel Santesmases, en el Bajo Aragón en Teruel, y de las dos tengo muchas ganas, ojalá tiren para adelante muy pronto. Y en presentaciones de libros en Navidad aquí en Aragonia para presentar los cuatro primeros libros de la nueva colección de ‘Miranda y Tato’ sobre objetivos de desarrollo sostenible. 

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“Me gusta mucho hacer entrevistas, que me cuenten, saber, soy muy curiosa”

“Me gusta mucho hacer entrevistas, que me cuenten, saber, soy muy curiosa”

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Gestora cultural y documentalista, la directora zaragozana Vicky Calavia ha heredado de sus padres su pasión por el cine. Curiosa por naturaleza, le gusta contar la historia de otras personas en imágenes y le apasiona organizar ciclos y festivales para descubrir el cine a otros, como también hace en su faceta como docente. Certámenes como ‘La Aljafería, un lugar de cine’ o ‘La mirada tabú’ llevan su sello personal.

Quería ser astrofísica, pero la pantalla acabó por atraerla detrás de las cámaras, desde donde ha ideado y dirigido decenas de trabajos en los últimos años. Para este Secuenciando a quedamos con ella en un sitio especial, el antiguo matadero del barrio de Las Fuentes (actual centro cívico Salvador Allende), precisamente uno de los lugares donde se inició su relación con el audiovisual.

¿Cómo surge tu pasión por el audiovisual? 

De pequeña veía mucho cine en casa y mis padres nos llevaban al cine. La primera película que recuerdo ver es ‘Candilejas’ (Charles Chaplin) y me acuerdo que me pegué un sofocón tremendo, llorando sobre las rodillas de mi madre y no tuve entonces una impresión positiva del cine, por el disgusto, pero siempre me gustó porque a mi padre le gustaba y te contagiaba. 

Con ocho años vino al colegio Torrerramona, en Las Fuentes, una chica con una pantalla, un proyector y un altavoz y nos dio una chara sobre cine, explicando el primer plano, el plano americano, el general, y pensé que lo que veía con mi padre tenía un lenguaje. Salí fascinada de esa clase. También coleccionaba revistas de cine, críticas de periódicos, veía programas de televisión y leía libros sobre cine. 

Pero yo hacía ciencias puras, porque se me daban muy bien las matemáticas y quería ser astrofísica, y estaba con mi empeño hasta que descubrí que la física no la entendía, que era muy difícil y la suspendía. Así, me metí a Veterinaria, donde hice grandes amigos y fui a grandes fiestas, pero no era lo que yo quería. En tercero se me hacía muy duro y un amigo me dijo que había un grupo de cine en un bar al que había ido. Fuimos un viernes por la tarde y estaban proyectando cortos y debatiendo, organizaban los Sin retorno films, Javier Estella y José Manuel Fandos, a quienes me autopresenté, y conocí a gente de la Agrupación Artística Aragonesa. Así empezaron mis primeros pasos haciendo festivales, cuando organizamos con Javier Estella un festival de videominuto en el centro cívico del Matadero

Hicimos el festival dos años, la asociación se disolvió, Javi y José Manuel se fueron al mundo más profesional y yo me quedé haciendo el videominuto, que en su cuarto año acabó organizándolo la Universidad de Zaragoza, de modo internacional. Me acuerdo que en esa tercera edición iba casa por casa devolviendo los VHS y así conocí a cantidad de autores.  

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¿Y cómo fueron esos inicios? 

Después me puse a trabajar en distintas cosas, como mecanógrafa, vendiendo fotos de boda… Recalé por casualidad en el bar Casa Lac, donde hacían cosas culturales, y allí surgieron los ‘Cortos de café’, proyecciones los martes por la tarde que hicimos durante dos años y medio, entre los años 1997 y 2000, y todo sin un duro, más que la invitación después a unas tapas. Allí conocí a mucha más gente del cine aragonés, era todo muy ilusionante. 

En esa época comprobé que los libros que hablaban sobre cine aragonés se quedaban en los 90, no estaban actualizados, y se me ocurrió la idea de hacer una exposición para actualizar esa información, un proyecto que presenté en Diputación de Zaragoza y se convirtió en ‘Travesía’. Pasé de gestionar cero euros en Casa Lac a gestionar 120.000 euros en este proyecto, que incluía proyecciones en 35, en súper 8, videoteca de VHS y DVD, exposición de objetos de coleccionistas, videoinstalaciones y el primer videomapping que se hizo en Zaragoza, con Pedro Santero en la fachada de la DPZ. 

Comencé a hacer una base de datos, un material que he ido aumentando sin que exista un archivo audiovisual donde mostrarlo, lo sigo teniendo yo (lamenta). 

Después empecé a dar clases, tras hacer un postgrado en la universidad sobre ‘El lenguaje y la emoción’, y siempre me he ido fuera a ver cosas como videodanza, a certámenes de Bilbao, Valencia o Madrid. 

A partir de ahí, gente a la que había conocido me llamó para hacer producción y mi primer trabajo serio fue para ‘La ambulancia azul’, de Carlos Gil Roig. En esos años aprendí mucho de producción y documentación y eso me ha servido para hacer documentales. 

Mi primer documental serio fue en 2008, ‘Manuel Rotellar. Apuntes desde la fila 8’. Yo venía de un mundo autodidacta, era un poco marciana para los demás y Rotellar era un poco eso también, me sentí súper identificada con él, no tenía más que una calle en el Picarral y pensé en hacerle un documental. Le conté a Multicaja el proyecto y lo financiaron. Después vendrían otros trabajos de Alberto Sánchez o Eduardo Ducay.

«Aprendí producción y documentación y descubrí que contar cosas de los personajes en formato documental era muy interesante»

¿Por qué apuestas desde el principio por el documental? 

Lo que me encantaría saber hacer es videodanza, porque me parece muy difícil. Me gustan las narrativas diferentes, pero para hacer videodanza quizá tendría que haber estado en Barcelona, que era el ambiente propicio, pero mis circunstancias estaban aquí. Me gustaba contar la vida de los demás, aprendí producción y documentación muy exhaustiva con Emilio Casanova y descubrí que contar esas cosas de los personajes en formato documental era muy interesante.

Me gusta mucho hacer entrevistas a los demás, que me cuenten, saber, soy muy curiosa. Quizá fue por eso, aunque hasta que dije que era directora… eso fue hace poco. Era muy tímida, decía que era realizadora, que hacía documentales, me sentía una intrusa en este mundo, pero luego me di cuenta de que había muchos intrusos en este mundo, que no era la única. Tampoco me veía directora de cine y me parece muy difícil hacer diálogos; pensé que la ficción no era exactamente lo mío y hasta hoy. Además, la ficción es cara. 

Has rescatado muchas figuras olvidadas y muchas de ellas mujeres

Todo empieza porque primero hice la documentación de una serie de Aragón Televisión, ‘Estampas’, que hizo Emilio Casanova, que eran 50 personajes de la cultura aragonesa. Había muchos hombres, hacía toda la documentación y de las pocas mujeres que había estaban Josefa Amar y Borbón, Agustina de Aragón, María Moliner, Pilar Bayona, Raquel Meller, y pocas más. Al descubrir a María Moliner y que se había muerto sin acordarse de nada, que no sabía ni nombrar las cosas porque tuvo un Alzheimer final, me impresionó tantísimo una mujer que había hecho un diccionario y nadie sabía quién era, pensé que algún día tenía que hacer algo. 

Comencé después a hacer la lista de mujeres: Raquel Meller estoy ahora en ello; María Domínguez (‘La palabra libre’) me vino por otro lado, por la Fundación María Domínguez; a Natividad Zaro (‘En voz alta’), una borjana que era productora y guionista, me la descubrió el escritor Félix Romeo.

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¿Cómo es el proceso de la idea hasta que lo vemos en pantalla? ¿Cuánto tiempo te lleva? 

Me lleva mucho tiempo, primero porque no me dedico solo a eso, doy clases, organizo festivales. Pienso en el personaje; me documento mucho; contacto con la familia, porque hay que contar con sus permisos siempre; con expertos sobre el personaje y preparo un guión previo. Después hago el proyecto, lo presento a instituciones, aunque no siempre consigues todo lo que necesitas o te gustaría tener, pero con lo que tengo reformulo. 

Mis documentales no son caros, son ajustados a lo que tengo y, en ese sentido, he sido siempre muy posibilista, prefiero hacer un documental bien hecho con lo que tengo, meter esfuerzo, no ganar yo dinero y pagar bien al equipo, a esperar a tener muchísimo presupuesto y que luego en el camino haya podido hacer otros trabajos y solo haya hecho uno. Siento como Alicia en el país de las maravillas, que no tiene tiempo y la lista de proyectos es muy larga y quiero contarlos. Se me acumulan los trabajos por mis ansias de contar cosas

¿Al final serán años de trabajo sobre un mismo personaje?

Claro, con María Moliner pasaron cuatro; con Elvira de Hidalgo (‘Calante Divinità’), tres años y medio. En esos procesos empiezo otros, hay que pedir ayudas escalonadamente y los proyectos se van solapando, pero uno me cuesta tres o cuatro años, porque soy lenta, le doy muchas vueltas a la edición, hago versiones largas y cortas, reviso y a veces añado entrevistas que me faltan. Me cuesta mucho cerrar, me tienen que poner fecha, pero hay que cerrar alguna vez también.  

También organizas ciclos y festivales

He propuesto eventos como ‘Travesía’, ‘ProyectAragón’, ‘La mirada tabú’, ‘La Aljafería, un lugar de cine’, en otros me han llamado, como en Animainzón. Me gusta mucho programar y me gusta mucho lo que hago, aunque es duro, porque eres autónoma y a veces no duermes, es complicado mantenerte por ti misma, pero me gusta mucho lo que hago. 

¿Cómo será la próxima edición del ciclo ‘La Aljafería, un lugar de cine’?

Este año pasan tres autores, para que los presupuestos sean más holgados. Estarán Mercedes Gaspar, que hará un documental ficcionado; Gala Gracia, con una videodanza; y Álvaro Mazarrasa, con un videoclip con su grupo Dadá.

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¿Qué te aporta tu faceta como docente? 

Aprendo muchas cosas de los alumnos, otros puntos de vista, cómo descubren las películas desde una posición más virgen, les descubro películas raras, de culto, rarezas del cine español, comento con ellos cine dentro y fuera de clase. Es como una gran familia, con gente de todas las edades, muy variada. 

Además eres perito audiovisual judicial, ¿en qué consiste esta labor?

Me llamó un abogado y me dijo que quería a alguien para hacer peritaje en pruebas de delitos grabados en cámaras de seguridad. Un compañero ya lo había hecho y había que averiguar si en unas imágenes una persona sale o no, usando nuestros programas de ordenador y pasando fotograma a fotograma para ver si se le identifica. Emití un informe razonado y eso ha servido como prueba en un juicio. Es complicado, porque es una gran responsabilidad. 

¿Cuáles son tus últimos trabajos? 

He estrenado el documental ‘Elvira Hidalgo. Calante Divinità’, sobre esta mujer que fue maestra de la Calas, una soprano de comienzos del siglo XX que no era nada conocida, pero una mujer con mucha rasmia, con mucha fuerza, energía y muy divertida. Tengo pendiente el de Raquel Meller, en el que tengo mucha documentación, pero va para largo; y antes tengo que acabar y estrenar ‘Florián Rey, De luz y de sombra’. Florián Rey es otro gran personaje y, además, controvertido por sus ideas políticas, porque hacía el cine de la españolada, como lo llamaba él, pero no mucha gente sabe lo bien que grababa y dirigía. 

También tengo pendiente acabar ‘Natividad Zaro. En voz alta’, y otro que se titula ‘Mi primera vez’, sobre la primera película que nos ha gustado en el cine y la primera vez que fuimos al cine, en el que he entrevistado a muchas personas del oficio y cinéfilos y estoy con un montaje previo, le quiero dar una forma personal. 

«El cine aragonés siempre ha vivido una época dorada. Buenos cineastas ha habido, hay y habrá»

Recientemente has participado de nuevo en la Seminci, en Valladolid, con tu documental sobre Elvira Hidalgo. ¿Cómo ha sido la experiencia? 

Valladolid es un festival histórico, serio, riguroso, y me encanta estar seleccionada porque quiere decir que lo que haces interesa, gusta y llega, y eso ya es un premio. Es una ciudad donde la gente se toma muy en serio ir al cine, comentarlo, son muy cinéfilos los vallisoletanos. Hay una programación interesante, también cine moderno de gente joven, y me gusta mucho esa parte de la Seminci, y el cine de los grandes clásicos. Ahí teníamos a Carlos Saura con ‘El rey de todo el mundo’, que me gustó mucho porque es una película con un ritmo impresionante hecha por un hombre de 89 años, es maravillosa. La Seminci siempre es una experiencia muy bonita, es especial siempre.


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¿Qué opinas del momento que vive el audiovisual aragonés? 

El cine aragonés siempre ha vivido una época dorada, tenemos tantos grandes nombres a lo largo de la historia que no me parece que sea especialmente más fructífera ahora. Me parece que ahora hay más gente con más facilidad de hacer cosas porque se han democratizado los medios, el acceso a lo digital, ahora se monta y se graba con más agilidad que antes, eso ayuda.

Luego también los medios de comunicación habéis ayudado mucho a darle esa relevancia, a contarlo más, a que la gente se entere de quién es quién y de que hacemos cine. 

Y quizás a lo largo del tiempo hemos conseguido más seguridad, nos lo creemos más esto de que hacemos cine, ahora lo decimos cada vez menos con la boca pequeña y más de verdad. Aragón es un lugar de cine, con muchos cineclubs y gente que va al cine, que habla de cine. Todo eso en el tiempo va dejando ese poso, pero cineastas buenos ha habido, hay y habrá. Aquí no se por qué nos da por hacer cine y música. 

¿Cuál será de tus trabajos será el próximo que podremos ver?

El primero será el de Natividad Zaro, el resto no lo puedo aventurar porque no lo se todavía como irá mi vida. Lo presentaré en Borja, en un preestreno el año que viene, a comienzos de año. 

Vicky Calavia responde a nuestro test de secuenciando a, con preguntas de lo más curiosas. ¿Qué nos habrá respondido?


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“Cuando hay proyectos en Aragón vengo con el doble de ganas porque es hacer lo que me gusta y en casa”

“Cuando hay proyectos en Aragón vengo con el doble de ganas porque es hacer lo que me gusta y en casa”

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Rubén Martinéz, actor guapo, actor aragonés, cine aragonés, cine español, personajes élite, élite, padre esther expósito élite

El actor zaragozano Rubén Martínez estaba destinado a ser una estrella, aunque de pequeño se resistiera a interpretar ese papel en una función navideña de la escuela (sííí, luego os explicamos). El interprete dejó su trabajo como profesor para apostar por la actuación y afirma que, en este tiempo, ha sido como una hormiguita, un incansable trabajador que ha logrado crecer en su carrera

‘Élite’, ‘Antidisturbios’, ‘El último show’, ‘Planeta 5000’, ‘Nosotros’, ‘Grupo 2: Homicidios’. Su nombre forma parte de un sinfín de obras en televisión, teatro y cine. Firme defensor de sus personajes y de dar lo mejor de sí mismo en cada papel, es también coach de actores. Amable, paciente y divertido (es un amor, eso es así), nos transmite su pasión por la profesión mientras paseamos junto a la ribera del Ebro, y convertimos nuestra charla en esta entrevista sobre su vocación como actor y su trayectoria profesional. 

¿Cómo surgió tu vocación, ya de pequeño querías ser actor?

Surge de cuando iba al cine, cuando hacía teatro en el colegio, el típico festival de Navidad, y veía que era algo que me gustaba, me lo pasaba bien, me despertaba curiosidad, y de alguna manera siempre que había oportunidad me apuntaba. 

Recuerdo en el colegio que, en el festival de Navidad, me tocó hacer de pastorcillo 3. Mi madre me preguntó si en la función hablaría y cuando fui al reparto de personajes, como era rubito, me dijeron que iba a ser la estrella. Yo me imaginaba que iba a estar toda la función de medio lado encima del portal y decía: “¿pero la estrella habla?” y me decían “no, la estrella no habla, pero es la protagonista”. Entonces les dije que no quería ser la estrella y las monitoras flipaban porque la estrella de Belén es a quien todos buscaban, pero yo pensaba “si no habla, no quiero” y pensaba en la bronca que me echaría mi madre si venía a verme y se quedaba en los ensayos y luego no abría la boca en la función. 

Me ofrecieron ser pastorcillo y me acuerdo que me dieron un papelito mecanografiado y mi texto era: ‘queremos que nos ayudes a buscar la estrella’. Nos dijeron que teníamos que hablar claro y alto para que nos entendiera el público en el salón de actos. 

Llegó el día de la función, me tocaba salir y, milagrosamente, había un micrófono aquel día; yo me quedé con que había que hablar alto y claro y dije: “¡¡QUEREMOS QUE NOS AYUDES A BUSCAR LA ESTRELLA!!” (gritando). Creo que mi madre debió de pensar: “para qué le diría yo que hablara”. Reventé el tímpano de todos los asistentes y me quedé a gusto pensando que se me había oído. Y vaya si se me oyó (ríe). 

Eras profesor, pero ¿cuándo decides dar ese cambio, irte a Madrid y apostar por la actuación?

Me había dedicado a nadar, una actividad que requiere mucho tiempo y dedicación, y cuando me retiro de nadar tengo tiempo y digo, ahora voy a ser actor. Empecé en un grupo de teatro universitario que se llamaba ACME Teatro, que lo dirigía María Ángeles Pueo, actual directora de Teatro Che y Moche. 

Acabé magisterio de educación física, era también entrenador de natación y durante un momento compaginaba el trabajo de educación física con el teatro, de una manera amateur, pero veía que me servía para jugar, para divertirme, para evadirme y seguir aprendiendo. 

En clase tenía que poner yo las actividades, corregir, pero en el teatro era abandonarte y decir qué hay que hacer. Me lo pasaba bien, disfrutaba y llegó un momento que sentía que quería profundizar más en la interpretación y me dije “date la oportunidad” porque veía que pasaba el último tren y era “o coge y súbete o lo pierdes”. Decidí correr y hasta el día de hoy; me fui para un año a Madrid y van a ser ya veinte años. 

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«He sido una hormiguita que ha ido subiendo escalones; sentía que iba siempre en camino ascendente, que cada trabajo sumaba y aportaba»

En Madrid seguiste formándote 

Allí estuve en la escuela de interpretación de Antonio Malonda, en Bululu2120, y luego he complementado mi formación con cursos, con canto, con danza, y también aprendes mucho trabajando. 

¿Cuándo comienzas a trabajar como profesional?

En teatro empecé haciendo alguna cosa aquí en Zaragoza y como de alguna manera en ese momento yo me estaba ganando la vida con otro trabajo, no era mi prioridad. Para mí, la mayor de las recompensas era actuar, aunque luego llega un momento en que dices “esta es mi apuesta profesional”, pero al principio no lo consideraba ni trabajo, era un placer pagado, una maravilla. 

¿Qué recuerdas de aquella etapa?

La historia era que era llegar a Madrid y comenzar a construir desde un solar enorme, porque no conoces a nadie, nadie te conoce, no sabes por dónde empezar. Y ahora echo la vista atrás y pienso en todo lo que he conseguido, sin pegar un petardazo, ni hacer una carrera explosiva, pero en veinte años he sido una hormiguita que ha ido subiendo escalones, que ha ido consiguiendo logros pequeños, pero firmes; sentía que iba siempre en camino ascendente, que cada trabajo sumaba y aportaba y que de un trabajo salía otro. 

Y ahora soy consciente y me pregunto: “¿a día de hoy tendrías fuerza para empezar algo así como en aquel momento?” y piensas “no lo se”. Pero no me ha parecido que haya sido costoso ni duro, echo la vista atrás y me fui con nada, sin conocer a nadie ni tener ningún contacto y no me puedo quejar porque no he parado de trabajar en teatro, cine, televisión, ahora también como coach. Qué suerte, qué afortunado soy que sigo aprendiendo y sigo creciendo y estoy muy contento. 

Si no fueras actor, ¿qué serías ahora? 

Seguramente seguiría siendo profesor. 

¿Te lo has planteado alguna vez?

Estaba en un colegio dando clases y en una piscina, y si tuviera que volver a la enseñanza creo que lo llevaría bien porque me gusta. Pero después de haber estado veinte años como actor y dedicado también a la enseñanza, pero más enfocada en el tema de la interpretación, después de probarlo sería como más duro. Pero no me importaría volver, me encanta, prefiero ser actor, pero si tuviera que volver no sería una tortura. 

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«‘Grupo 2: Homicidios’ fue un master en el audiovisual, aprendimos mucho y tengo un buen recuerdo»

¿Cuál crees que fue el proyecto que te dio esa oportunidad en el mundo del audiovisual? 

He ido sumando pequeños trabajos, cortometrajes, en televisión, pero ‘Grupo 2: Homicidios’ fue como el master que hice de audiovisual, porque poder estar siete capítulos coprotagonizando con Jorge Usón, y aprendiendo mucho de Jorge, haciéndote con la parte externa de la interpretación en el audiovisual, que hay que tener en cuenta cámaras, focos, marcas, y fue tan intensivo y tan gratificante. 

Aprendimos mucho y fue de una manera divertida, relajada y tengo un buen recuerdo. Ese fue un máster y siento que en los trabajos que he hecho después esa experiencia está ahí. Me pesa a favor, es una mochila cargada de buenas herramientas. 

Te hemos visto en cine, en televisión y en teatro, ¿qué te aporta cada uno? 

Me encantan los tres medios, tienen sus matices. El teatro es la magia del directo, el riesgo, la adrenalina del pase lo que pase hay que seguir y esto ni se tiene que notar ni se puede parar y es maravilloso, además del contacto con el público, porque hay un diálogo evidente, aunque no hables directamente con el público, lo sientes, lo percibes y compartes la función con ellos. 

Eso en audiovisual no lo puedes sentir, en el teatro sí, y es mágico y precioso. En audiovisual, la tele requiere de una inmediatez y un tiempo y eso también te permite ser ágil y tienes el reto de hacer creíble algo que no es nada creíble.

El cine te permite construir de una manera más profunda, que los personajes tengan capas, darle más tiempo al proceso de creación del personaje, al trabajo con el director. Es el que menos tengo trabajado como actor a día de hoy, pero cuando me ha tocado hacer algo me ha gustado mucho. 

¿Cómo construyes tus personajes? 

Me gusta mucho investigar los entornos. En ‘Grupo 2’ tuve la suerte de poder tomar un café cada capítulo con el personaje real que interpretaba, y eso era maravilloso. Otras veces desde lo corporal, ves personajes que tienen una actitud, o el vestuario ayuda mucho y te coloca. Aprovechar los elementos de caracterización, vestuario, peluquería, maquillaje, arte. Porque de repente arte te pone un vestidor lleno de relojes y de trajes y ya no tienes que apretar en la interpretación porque lo cuenta el entorno. 

Observando mucho, en la calle hay unos personajes maravillosos. Me encanta observar porque sacas cosas y matices de personajes y te los quedas. A veces también me gusta hacer un homenaje a personas de mi entorno a través de un personaje. Por ejemplo, mi trabajo de fin de carrera en la escuela, que era ‘El enfermo imaginario’ y yo interpretaba a Argan, era un homenaje a mi abuela Emiliana, que era la mejor enferma imaginaria que te podías encontrar, porque siempre estaba mala y se iba a morir, y se murió a los cien años. 

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«Construyo a los personajes para que no haya un juicio desde el actor, que sea el espectador el que los etiquete o valore»

¿Recuerdas algún personaje especialmente? 

Cuando me confirmaron el personaje de ‘Élite’ le dije a mi madre: “mamá, voy a tener una vida que nunca he tenido y nunca tendré”. De repente era decir qué guay jugar a ser rico, que es algo que yo no busco porque no creo que la riqueza me vaya a dar la felicidad, pero jugar a ser rico, a tener poder y ser malo, poderte permitir tener licencia para hacer maldad. Además, me encanta no juzgar a los personajes, sino defenderlos a tope, y para mí Teo en ‘Élite’ no es malo. Se por qué hace las cosas, y construyo para que no haya un juicio desde el actor, que sea el espectador el que le de una etiqueta o lo valore, pero personaje que haga siempre lo voy a defender a muerte y le voy a dar dignidad. 

Me gustó mucho ponerme en el lugar de Teo porque era divertido. Y también me está ayudando en mi carrera, para posicionarte en la profesión, como una referencia, que no eres ni mejor ni peor actor, pero de cara al escaparate estar en una serie que ha sido de las más vistas a nivel mundial en su estreno, un productor que no te conoce ya te coloca en un sitio que le das confianza. Sin ser ni mejor ni peor actor que antes, pero te ayuda de cara a la profesión. 

¿Cómo es el trabajo en una serie como ‘Élite’?

Pues está muy cuidado en todos los aspectos, a nivel de foto, vestuario, arte, peluquería, maquillaje, guion, y sientes que estás muy protegido, trabajas de manera muy relajada, trabajas con varios directores, entre todos vas sumando cosas y construyendo el personaje y ha sido una experiencia muy agradable. 

Tuve la suerte en la primera temporada de trabajar con Ramón Salazar, que es un excelente director de actores, y el primer día en el set de rodaje estábamos la familia y dijo una frase que me ayudó a colocar al personaje: “me encanta esta familia porque sois perfectos por fuera y estáis podridos por dentro”, y con eso ya sabía que es todo fachada, apariencia y aunque por dentro sienta que hay cosas que huelen mal, no tienen que salir, no se tienen que notar. Los buenos directores con poquitas palabras te abren un mundo como actor y te dirigen. Ha sido un gustazo poder trabajar con muchos directores en ‘Élite’ y con Ramón empezar a construir a Teo. 

Es muy importante la dirección de actores

Muy importante. Un buen director puede salvar a un mal actor y un buen actor puede salvar una mala dirección. Cuando esas dos cosas son buenas, la magia se da y el resultado es evidente. Cuando a un director le encanta trabajar con actores, le encanta escucharlos y crea un clima de confianza en el proyecto. 

En eso recuerdo a Rodrigo Sorogoyen. Yo tenía una secuencia pequeñita en ‘Antidisturbios’, tuvimos un día de ensayo con él y con los compañeros y allí miraba a mi alrededor y pensaba “aquí hay más Goyas que en el Prado”. Rodrigo escucha a los actores, no le importa cambiar el guion, tachar, corregir, poner notas nuevas, cambiar las líneas de orden cuando ve que suma a la historia, a lo que quiere contar. Si el actor le vende la propuesta y él la entiende y cree que aporta, no tiene ningún problema en ajustarla, no va a considerar que es una debilidad del director. Eso sí, una vez trabajado, hablado, dado forma y todos de acuerdo, el día del rodaje no nos ponemos creativos. Y el día del rodaje ya teníamos todos los deberes muy bien hechos, sabíamos lo que quería transmitir y contar, sabíamos cómo teníamos que intervenir, él operaba cámara en mano. Todo el mundo tiene claro lo que tiene que hacer y por qué lo hace y es genial. 

«No entiendo el trabajo del actor como un sufrimiento, tiene que ser siempre como un juego»

Deseas hacer un papel dramático, algo que todavía no hayas hecho, ¿qué te gustaría? 

Me gustaría un personaje que tuviera una referencia en un momento histórico concreto por hacer el trabajo también de documentarme; Edad Media, Guerra Civil, Guerra Mundial. Estos regalos como actor que tienes que hacer tus deberes, documentarte, leer, y que haya una carga emocional interesante, que al personaje le pasen cosas, que haya conflicto, sufrimiento, aunque me encanta la comedia. 

María Ángeles Pueo me dijo que con esta cara no iba a hacer drama en mi vida y ahora lo que no hago es comedia, ¡será posible! (ríe). 

Me apetece hacer como comedia en teatro y en audiovisual algo muy potente, un poco lo que hice en el corto ‘Nosotros’ (dirigido por Silvia Pradas), pero poder disfrutar ese trabajo más tiempo, porque lo rodamos en un fin de semana a tope y fue como muy duro. 

Me gustaría hacer un trabajo con profundidad, con peso, porque además creo que bajaría a los infiernos y lo trataría de hacer de una manera saludable. No entiendo el trabajo del actor como un sufrimiento, tiene que ser siempre como un juego porque si no puede ser muy peligroso, se te puede ir la pinza. 

¿Cuál ha sido tu último trabajo?

El último fue en julio, en ‘Desaparecidos’. Era un personaje pequeño, hacía de sospechoso y tenía dos escenas. Fui dos días, tenía una secuencia cada día y eran dos interrogatorios, pero tuve la suerte de trabajar con una directora maravillosa, Begoña Álvarez Rojas. A veces es muy difícil que en tele se dedique tiempo al actor y ella lo hacía, siempre apoyando, te decía anotaciones para ir afinando la interpretación. Un poco como yo hacía con Miguel Ángel Tirado (Marianico el Corto) en ‘El último show’, donde yo era coach. Cuando ya lo teníamos me acercaba, le decía que ya lo teníamos y que íbamos a por el doble tirabuzón. 

Cuando ves que el actor ya está tranquilo porque está a lo que el director quiere, se puede seguir arriesgando, jugando y por eso disfruté mucho también. El trabajo con el actor Chani Martín (en ‘Desaparecidos’) también fue muy guay y lo rodamos en una hora, pero fue una sensación muy bonita. 

No hay personaje pequeño, a veces vas a una serie y haces dos secuencias, pero las disfrutas y luego luce el trabajo en pantalla. 

¿En qué momento de tu carrera surge tu trabajo como coach de actores?

De una manera natural, en Madrid ayudaba a compañeros a preparar pruebas de casting y me decían que se me daba muy bien, pero no le daba valor. 

Pilar (Palomero) empieza ‘Las Niñas’ y aunque siempre se dice “no trabajes con animales, ni con niños”, pues ella en su primera película como directora novel se mete con un reparto de niñas. Se acordó de mí y me dijo si me gustaría ayudarla con la interpretación de las niñas. Por varios factores: porque yo era profe, había conocido la Zaragoza del año 92, había estudiado en un colegio de curas, donde éramos todo niños, y ella y yo nos conocíamos de hace tiempo. 

Me lo dijo y me pareció fascinante. Estuve de coach y mientras hacía el rodaje de la película hice casting para la serie ‘El último show’, con Alex Rodrigo, que fue muy divertido, me cogieron y vieron que haría falta un coach también y me ofrecieron esa doble función

De una manera natural he ido enlazando lo que mis amigos decían y yo de alguna manera no les creía, parece que era una posibilidad que se está dando. 

¿Cuál es tu método para trabajar como coach? 

Como coach me gusta trabajar siempre con el director, porque mi labor es ser el canal de comunicación entre director y actor. Primero tengo que saber qué quiere el director y después ayudar al actor a conseguir lo que el director necesita. Si como coach trabajo solo con el actor, vamos al set y el director dice que eso no es lo que quiere habría mareado al actor y hecho una propuesta de dirección cuando no es mi película. 

Me gusta trabajar bien con el director y cuando me transmite qué quiere de los personajes, del tono de la interpretación, voy a ayudar al actor a conseguir eso. Es como un acompañamiento del actor, pero teniendo muy claro que no es lo que yo considero como director, sino lo que el director necesita y qué herramientas te doy para conseguir llegar a lo que pide.

Si es naturalidad, si es energía, el estado emocional que necesite el personaje, si tienes problemas para memorizar el texto qué consejos te puedo dar, si tienes problemas porque el texto te canta cómo lo podemos matar de ritmo y darle naturalidad. Darles herramientas que les ayuden.

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¿Cómo ves el panorama audiovisual aragonés? 

Afortunadamente en los últimos años hay un antes y un después aquí en Aragón, creo que se están haciendo las cosas muy bien. Vamos a echar mucho de menos a Jaime Fontán (jefe de producción de Aragón TV), que ha hecho mucho por el audiovisual aragonés, y cada trabajo y éxito de estos años estaba esa firma discreta de Jaime, porque era un hombre de una discreción maravillosa y que siempre estaba dispuesto a escuchar a todo el mundo.

Espero que se siga en esa línea, en apostar por darle cabida a todo el mundo, por apoyar los trabajos y hacer que el talento que hay en la tierra sea mejor, más visible y que sigamos creyendo en lo que tenemos en casa porque es muy grande, tanto a nivel técnico como artístico. 

Los últimos años han sido muy buenos y hay que seguir apostando. Y esto también lo dice la industria, tenemos directoras como Paula Ortiz, Nata Moreno, Pilar Palomero, Elena Cid o Silvia Pradas que están teniendo repercusión con sus trabajos a nivel nacional. En Aragón hay unas directoras estupendas. 

Eres un actor de trayectoria nacional, pero cuando puedes vienes a trabajar a Aragón. ¿Te sientes profeta en tu tierra y sientes ese cariño de los aragoneses? 

Me siento muy querido y es una suerte, me siento privilegiado porque podría haber gente que piensa que reniegas de tu tierra porque te vas, pero no, no es eso. Es seguir aprendiendo, creciendo como actor, pero se de dónde vengo y tengo claro a dónde quiero volver siempre que me necesiten. Cuando la agenda lo permite, cuando hay proyectos interesantes que se hacen aquí en casa yo vengo con el doble de satisfacción y de ganas, porque es hacer algo que te gusta y, encima, en casa.

 

¿Dónde te podremos ver próximamente? 

El mes que viene se estrena ‘Historias para no dormir’ (Amazon Prime Video) y tengo una pequeña participación en el capítulo ‘El asfalto’, que ha dirigido Paula Ortiz. También la segunda temporada de ‘Desaparecidos’ (Amazon Prime Video) irá en breve y en ‘Fuerzas de paz’ (TVE), que es lo último que he hecho en julio. Y hay un proyecto dentro de poco, después de la pandemia vamos retomando el ritmo, y este proyecto para los próximos meses me apetece mucho. 

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«Cuando vi ‘Ciudad de Dios’ supe que quería hacer algo así, contar una historia que hiciese flipar a la gente»

«Cuando vi ‘Ciudad de Dios’ supe que quería hacer algo así, contar una historia que hiciese flipar a la gente»

Tiempo de lectura: 15 minutos

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Director y guionista, el zaragozano Alex Rodrigo (1988) desborda creatividad, buena intuición para los proyectos y talento. Asistimos en CaixaForum Zaragoza a una charla en la que desgranaba cómo ha evolucionado el panorama audiovisual nacional y aprovechamos la ocasión para repasar también su trayectoria. 

Os hacemos un spoiler nada más empezar: también le pedimos que posara en una foto como si fuera un vampiro (cosas nuestras) y accedió de buen grado y con una amplia sonrisa. Estamos seguras de que si le hubiéramos pedido atracar la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre también hubiera accedido de buen grado. Director de éxitos de series como ‘El partido’, ‘Vis a vis’, la archiconocida ‘La casa de papel’, ‘El embarcadero’ o ‘Veneno’, ha creado y combinado su labor de director con la de guionista en la primera ficción televisiva aragonesa, ‘El último show’. Pasen, lean y descubran a Alex en este nuevo Secuenciando a. 

¿Cómo eras de niño? 

Mi infancia se ha marcado mucho porque la persona que más me ha criado ha sido mi abuela. Mis padres se divorciaron teniendo yo cinco años y, por circunstancias de la vida, ha sido mi abuela la que se encargó un poco más de mi. En esa crianza con mis abuelos me han marcado mucho mis salidas al pueblo, a Broto, que está en el Pirineo. Íbamos todo lo que podíamos y había algo como muy de descubrimiento, fascinante, en ir al pueblo con mi abuelo. Un poco más mayor también mi pueblo ha sido el lugar del primer amor, de la primera pandilla de amigos, el primer beso que te das escondido en el río, esos momentos del crecimiento. 

Aprendí a hablar antes que a andar, me empezaba a inventar historietas y eso sí que me lo recuerdan mucho. También recuerdo mucho el nacimiento de mi hermana como un bofetón de volverme adulto sin transición, de tener responsabilidades. Me flipaba quedarme cuidándola. 

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Además de esta fascinación por crear tus propias historias, ¿cuándo se inicia tu vinculación con el audiovisual? ¿cuándo te das cuenta de que quieres ser director?  

Primero quería ser escritor, porque se me daba muy bien escribir. En quinto de Primaria un profesor me dijo que podía ser escritor y me voló la cabeza porque no tengo un referente en el mundo de las letras ni de las artes en mi familia como para entender que eso era un oficio. Eso me motivó muchísimo, me puse a escribir más y luego fue con 14 o 15 años que descubrí el lenguaje cinematográfico como una forma de narrar igual que el escrito. Me di cuenta de que las historias que tenía en mi cabeza eran más audiovisuales que de literatura. 

Descubrí que hay un oficio que es director de cine, de guionista, y flipé porque el universo audiovisual en ese sentido es mucho más amplio, en cuanto a los distintos departamentos, al equipo, cómo se trabaja. Vi la película ‘Ciudad de Dios’, y además de flipar con la historia, porque entonces se estaba gestando mi identidad política, a nivel de narrativa audiovisual también fue increíble ver cómo trabaja con las líneas temporales, el montaje, que era una locura en ese momento, te volaba la cabeza. Con esa dije: “yo quiero hacer algo así, no se cómo, ni el camino, ni los años que tardaré, pero quiero contar una historia que haga flipar a la gente como acabo de flipar yo”.

«La primera vez que me sentí director fue en unos campamentos en Villanúa. Éramos cincuenta chavales y rodamos tres cortos»

A los 18 años te fuiste a estudiar a Madrid, ¿cuál fue tu primer trabajo, en el que te sentiste director? 

Por una parte, me puse a grabar a una compañera que hacía danza del vientre sus vídeos de fin del curso y siempre le intentaba sacar jugo, quedarme con las miradas que tenían entre ellas, con sus historias. En esos pequeños curros alimenticios, porque era puramente para pagar el alquiler, puedes encontrar mucho brillo a nivel creativo si le pones el foco y lo quieres ver desde ahí. 

La primera vez que me sentí director fue en unos campamentos que hacía el Gobierno de Aragón, ‘Vacaciones de cine’, que te llevaban a Villanúa y tenías que hacer un corto. Recuerdo que éramos como cincuenta chavales aragoneses y gallegos y se rodaban tres cortos, todo el mundo que tenía una idea la tenía que contar en público y luego se elegían solo tres. Tenía 15 o 16 años y me marcó mucho ese campamento, convencer a la peña de que rodaran conmigo y todo el proceso de aprender por qué funciona un plano y por qué no. 

¿Qué parte de intuición hay en tu carrera, de saber qué funciona y qué no?

Para bien o para mal, el hecho de no ir a una escuela de cine, que era un sueño mío, hace que surjan soluciones creativas o una identidad más fuerte, a pesar de que tiene muchas carencias. Estaba en Madrid con una beca de renta baja, que me permitía casi el 80 por ciento de mis ingresos y el otro 20 por ciento venían de las danzas del vientre y bodas, bautizos y comuniones. Envidiaba un poco cuando los finalistas de festivales de cortos eran todos alumnos de grandes escuelas y pensaba que yo no estaba en esa liga. De ahí surgió que un grupo de chavales formáramos una pseudoproductora, que en realidad no lo era: éramos cuatro mataos de 18 años que no teníamos ni cámara propia y luego se la teníamos que pedir a alguien. Hay algo en el no haber tenido profesores académicos con reglas claras que igual te hace más ecléctico, aunque en las artes tener buenos formadores es enriquecedor, hay tutores que son padres artísticos y yo no lo tuve. 

Estaba en la Complutense (estudiando Comunicación Audiovisual) con gente que no había pisado un rodaje, no había prácticas, no tocamos una cámara prácticamente en toda la carrera, tuvimos que ponernos a rodar por nuestra cuenta, buscar un par de libros del tema e ir cruzando la información que tenías con lo que grababas y lo que veías que funcionaba o no funcionaba. De pronto un día te saltabas el eje y pensabas que molaba.

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¿La webserie ‘Libres’ te cambió la vida? 

Hay dos proyectos que me marcaron la vida. Uno es ‘Los ojos de Laia’ (2011), un cortometraje que hicimos en una maratón de 36 horas de supervivencia fílmica. Íbamos equipos de chavales de toda España a Donosti y hacías un corto en 24 horas y lo montabas en 12. Lo hicimos el grupo de la facultad y ganamos el primer premio y el de mejor actriz. El primer premio eran 5.000 pavos y éramos seis personas; de pronto veías que habíamos contado una historia de 6 minutos y volvíamos con 900 pavos, que es es un salario de puta madre. Vimos que se podía vivir del cine. 

Los jóvenes de mi generación nos comimos la crisis de 2008, hemos salido al mercado laboral ya de por sí con una carrera (Comunicación Audiovisual) que no tiene salidas y teníamos una sensación de que si a lo que nos dedicábamos para pagar el alquiler tenía que ver con cámaras o con escribir, ya nos dábamos con un canto en los dientes si no teníamos que acabar en otro sector o en el paro o fuera de España. El logro era dedicarte a algo que tuviera que ver con el audiovisual y conseguir un salario haciendo un corto fue como ¡hostia! 

Después, con ‘Libres’ (2012) la movida fue conseguir financiar la serie. Estábamos orgullosos del contenido final y técnico, la levantamos con un crowdfunding por internet y sentimos que había un público al que le interesaba mucho lo que le contabas, por eso me cambio la vida, porque más allá del circuito de festivales sentimos que con el teaser se había movido gente interesada en la serie, que la apoyaba con el crowdfunding y, encima, empezamos a ganar premios fuera de España y surgieron entrevistas en medios nacionales. La suma de ello, de estos dos trabajos, fue mi toma de consciencia de que se podía dedicar uno a esto y con un curro creativo. A nivel mental, con ‘Los ojos de Laia’ y ‘Libres’ rompí esas barreras. 

«El primer día de rodaje en Vis a Vis pregunté cuánto costaba el capítulo y entré temblando»

¿Cómo llegas a la televisión y a dirigir capítulos de ‘Vis a Vis’? ¿Esa fue tu gran oportunidad? 

Sin duda. Ha habido como un camino doble para llegar a ‘Vis a Vis’. Por un lado, estábamos haciendo ‘El partido’ (2005), que era una webserie que estaba ya dentro de Atresmedia, estábamos en Flooxer haciendo ficción online y de corta duración; y por otro lado, porque hice un cortometraje (Un millón) con Miguel Amoedo como director de fotografía. Había visto de Amoedo su trabajo en ‘De tu ventana a la mía’, de Paula Ortiz, me flipaba y pensé que igual tenía buen rollo con los maños y que le podría entrar. Me acerqué, le moló el guión y fuimos a rodarlo y fue una suerte que él, cuando ya estaba tan consolidado, aceptara hacer un corto con un chaval poco conocido. 

Después, en la segunda temporada de ‘Vis a Vis’ necesitaban un director más y ya surgió el debate de si llamar a alguien con más recorrido en la tele o abrir la puerta a sangre fresca y joven. Yo estaba bien posicionado porque ya conocía a Miguel, él me recomendaba, ‘El partido’ estaba funcionando muy bien en Flooxer y me colé. 

¿Qué sentiste el primer día de rodaje en ‘Vis a Vis: emoción, temor? 

El impacto más grande fue que pregunté cuánto costaba el capítulo y casi me caigo al suelo y entré con las piernas temblando, no lo debería de haber preguntado justo el día que empezaba a rodar, tuve bastante pánico. Lo bueno, que me empecé a comunicar con el equipo, dirigiendo a actores y hablando con el equipo técnico vi que era gente con la misma pasión y motivación, aunque me sacaran veinte años, que tenían esa chispa en las ganas de hacerlo bien y conecté con ellos. Fue primero pánico y, cuando vi que nos entendíamos, después me sentí a gusto. 

¿Cómo es dirigir una gran producción televisiva?  

Si destilas todo, te quedas con el grano y quitas la paja, es igual que hacer una webserie. Hay mil condicionantes, si tienes ochenta figurantes, un rappel por no se dónde y una explosión con un especialista que sale volando, pues lo que necesitas para este tipo de secuencias, que técnicamente son tan complejas, es exprimir muchísimo cada segundo de rodaje, porque cada segundo de rodaje es carísimo. Cuanto más caro y menos puedes perder el tiempo, más trabajo requiere en preproducción. 

En la quinta temporada de ‘La casa de papel’ ha habido un capítulo que era especialmente complejo por la acción y por primera vez he contratado a un dibujante de storyboards, por no hacerlos yo. Esto no lo haría en una serie más sencilla. Luego hay que hablar mucho con el equipo de cámara para saber si un plano es mejor con un tipo de grúa o con otra, si se hace con dron, o mil movidas que cuanto más caro es todo, más responsabilidad tienes en no perder ni un segundo de tiempo. Por lo demás, hay que intentar que toda esta carcasa de dimensión, presupuesto y técnica no te quite energía para dirigir actores, eso es algo que me intento autoimponer mucho en estos rodajes tan complejos, solucionar todo antes del set, de dar acción, y luego dedicarte a los actores

En ‘La casa de papel’ los guiones están vivos, se escriben conforme transcurre el rodaje. ¿Con qué margen disponéis de los guiones para trabajarlos? ¿Es un proyecto muy colaborativo entre directores y guionistas?

Los propios guionistas, más en la primera temporada, cuando los capítulos eran más sencillos, veían cómo se montaban las secuencias y hablábamos de qué trama era guapa y darle pie, por la química entre personajes, o al revés. Es cierto que conforme la serie se vuelve más compleja eso se puede hacer menos, porque el plan de rodaje es mucho más complejo, las secuencias son mucho más difíciles de montar, hay más planos, más técnica, hay que integrar más VFX. 

Tenemos los guiones con semanas de antelación en plural y, a veces, con una semana en singular y te tienes que pegar una semana encerrado. Yo planifico las secuencias con música, cada capítulo me hago mi selección en Spotify y cada secuencia la trabajo con mis cascos. Igual dos semanas me encierro en mi cuarto o en la oficina del plató de Vancouver, me pongo mis cascos y de ahí no salgo hasta que no tengo los dibujos de las plantas, me apunto las emociones de cada momento de la secuencia, la subrayo con colores, indico si lo quiero llevar más a tensión, a drama intimista o a comedia. Me hago una especie de mapa de tramas por capítulo, con una línea temporal del minuto 1 al 45, y veo qué tono le quiero dar tanto a nivel actoral como de cámara, de encuadres, de arte. Voy viendo si un capítulo queda demasiado intenso en cuanto a tensión o si tiene demasiada comedia y se pierde el espíritu adrenalínico de la serie y voy modificando en base a eso; aunque cuando salen los guiones más pegados a rodaje lo haces todo más rápido y te frustras más o te pegas una semana sin dormir. 

«Lo mejor de este oficio es estar rodeado de gente apasionada»

Tienes proyectos para dar el salto al cine. ¿Te gustaría que formara parte activa de tu futuro?

Sí, pero para ya forma parte, lo rodaría igual que ruedo una serie, trabajaría el guión igual que trabajo en una serie, ensayaría con los actores igual, preproduciría con el equipo técnico igual, montaría de la misma forma porque seguramente llamaría a los montadores con los que ya he currado y tengo una química increíble y trabajaría todo igual, excepto la emisión final, dado que el tipo de pantalla sería distinto. Me gustaría sacar la idea que tengo de largometraje como largometraje, pero en sí el cine ya forma parte de mi vida. 

Oye, ¿pero a qué se dedica un director exactamente? 

Separando el director del guionista: te llega guión, te reúnes después de la lectura para proponer las cosas que no te encajan o posibles cambios que se te ocurren a nivel estructura o diálogos. Luego pides ensayos con actores, las localizaciones técnicas con las características que crees que tienen que tener, hablas mucho con el departamento de arte y vestuario para ver cómo configuras visualmente y cómo hablas de los personajes a través de elementos externos. Con el director de fotografía también, y vas dando pasos y tomando decisiones, que esto es algo que al principio llevaba muy mal y que ahora ya he asimilado y es que cada paso que das tienes que tomártelo como que no hay marcha atrás, ser consciente del peso que tiene cada una de las decisiones, que es una de las cosas que más vértigo da de dirigir. Una vez que entra el chorro de desembolso presupuestario de por medio, ahí cada paso es un paso hacia adelante. 

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Una vez que tienes los ensayos, has trabajado bien el tono, sabes la puesta en escena, cómo vas a colocar a los actores dentro de la secuencia, o si has pedido materiales a arte, llegas al día de rodaje que es un día de curro en el que cada departamento sabe lo que tiene que hacer, lo habéis hablado en la preproducción y llegas y ejecutas los planos, la puesta en escena y todo lo que tenías en la cabeza. Previamente tu has dibujado una planta, que es, como a vista de pájaro, dónde están los personajes y las cámaras, los elementos de atrezzo que intervienen y demás y, según como sea el proyecto, también dibujas un storyboard para que cada plano vaya acompañado de una viñeta. En las secuencias complejas lo hago, en las sencillas, con un equipo congeniado, no es necesario.   

Y con eso te pones a rodar, toma a toma, todo lo que te falta tanto técnico como interpretativo lo vas matizando; para dirigir a actores tienes que conocerlos y saber cómo reconducir su interpretación para que acabe teniendo la secuencia el sentido que querías. 

Una vez que tienes esto te vas a montaje, primero el montador hace un premontaje suyo, que llamamos en broma un ‘premonster’, porque es un monstruo que asusta y generalmente en ese primer visionado piensas: “mierda, no valgo para esto, he engañado durante toda mi trayectoria a los productores para que pensaran que valgo, pero esto es una puta mierda”. Te pones a trabajar en el tempo, en la interpretación por tomas, en la música, en lo que se te ocurre viéndolo, hay muchísimo debate y diálogo con el montador y de ahí sacas el montaje del director y lo presentas a los productores ejecutivos, que mandan cambios, algunos más rígidos e incontestables y otros debatibles, y de ahí sale el corte que se lleva a la plataforma o a la cadena y ellos vuelven a dar sus notas de cambios, que generalmente son poquita cosa, matices. 

¿Qué es lo mejor y lo más complicado de tu trabajo?  

Lo más complicado, en algo práctico, es cuando crees que hay mucho potencial en lo que estás haciendo, pero no tienes el tiempo suficiente para exprimirlo. La falta de presupuesto es una condición dada y no hay nada que hacer, pero cuando no se ha organizado bien la producción y tienes menos tiempo del que deberías para hacerlo bien y sabes que no va a quedar todo lo bien que podría por falta de tiempo, es muy frustrante y gestionar eso puede que sea lo más complicado. Y el miedo a que tu futuro laboral siempre depende de lo bien que salga lo que estás haciendo ahora; depender de eso a veces es complicado a la hora de gestionar la autoestima.

Lo más bonito es estar en un trabajo en el que estás rodeado de gente muy apasionada, que está ahí porque desde una edad muy temprana han tenido una vocación y que disfrutan haciéndolo, a pesar de que con las tensiones hay broncas y con las diferencias de opiniones hay tensiones, pero es una industria en la que te rodeas de gente con mucha pasión. De las artes, junto con la música, es una de las más colectivas y me parece muy bonito la energía que desprende, el debate creativo que genera y como al final es algo como muy de comuna: parimos, criamos y cuidamos a una criatura, que es la serie, entre un grupo muy heterogéneo de personas, de distintos departamentos. Obviamente el director tiene la voz final y dirige como es su rol, pero somos como una comuna de gente que está dando vida a algo entre todos. 

En tu labor como guionista, ¿cómo te planteas la escritura de un guión?

Lo normal es que tengas una idea más o menos vaga, que evalúes si tiene salida o no con las necesidades actuales de plataformas y teles, y a la que ves que tiene potencial, aunque no sea comercial, te lo curras más y lo presentas. También verbalmente lo peloteo con la gente que conozco y me voy fijando en las caras de la gente que la recibe y, en base a eso, me motivo o me desmotivo, que puede ser algo infantil por mi parte, pero voy apostando más por unas ideas o menos por otras muchas veces porque las voy contando a mis colegas y me fijo en sus caras

Ahora estoy en desarrollo de una idea con una plataforma y la idea en sí misma surgió del confinamiento. Tenía unos insomnios brutales, habíamos parado de rodar ‘Veneno’ y no sabíamos cuándo íbamos a volver y en esos insomnios cogí cosas de mi infancia, una obsesión que tengo desde entonces, con referentes que había visto en pelis últimamente y fui cuajando una movida que luego le conté a mis representantes y ellos me dan feedback de si a eso en el mercado le ven salida o no. Era una locura personal, pero me dijeron: “dale caña que sueña muy bien”. La primera plataforma que recibió la idea me dijo que la quería y ahora estoy escribiendo con otro guionista, poniendo negro sobre blanco, porque el dossier era un tratamiento global y estamos haciendo el guión puro y duro. En cuanto acabe ‘La casa de papel’ nos pondremos a desarrollarla. 

Por otro lado ha ocurrido al revés, que una persona que ha tenido una idea se la ha comprado una tele y me ha llamado a mí. Sobre una idea de una chica de Valencia nos hemos puesto a escribir los dos. Coescribir es muy bonito, no tienes estrés de tiempo como en un rodaje, hay más ensayo error y es guay y tienes toda la libertad para soltar barbaridades y ya te dirá otro que no funciona. 

«Si había algún lugar en el que podía hacer ‘El último show’ era en Aragón»

Si no fueras director y guionista, ¿qué serías? 

Siempre me ha gustado mucho la música, he tocado el saxofón con varias bandas durante muchos años y en la carrera me salió más curro de músico que de realizador, hacía música para publicidad. Al final me reconduje, le metí más tiempo a dirigir que era lo que más me gustaba, pero el mundo de la música me fascina porque tiene algo que no tiene la escritura y es que utiliza un código que no tiene que ver con el lenguaje humano, el lenguaje musical genera emociones sin ser tan literal, me parece superior.

Has liderado la primera ficción de la televisión autonómica de Aragón, ‘El último show’, una idea fruto de tu encuentro cuando eras pequeño con el humorista Marianico el Corto. ¿Cómo fue ese momento de decirle a la tele quiero que Marianico sea Buñuel?

Lo primero fue hablar con Miguel Ángel Tirado para contarle la idea, que le fascinó porque a su personaje le vio enseguida la dimensión dramática. Conociéndole, vi la dimensión dramática que tenía él y la ternura que despertaba y con él a favor pensé en intentarlo. En la reunión (con la tele) se que no esperaban que les fuese a presentar algo así, creo que toda la gente de la tele a la que dije que quería hacer esta serie interpretó muy bien el papel de no decir “qué coño nos has traído” (ríe). Me escucharon, se leyeron el dossier y sentí que si había algún lugar en el que podía hacer esa serie era aquí y era también la oportunidad de darle la vuelta a una tele autonómica, que bajo el disfraz de tele regional había hecho algo muy moderno. Creo que ellos lo entendieron, cuando otra gente en lugares mucho más grandes no entienden algo así. 

¿Fue un orgullo llevar a cabo esta idea en tu tierra, sientes que tiene algo de reconocimiento? 

Es una forma poética del destino, justo cuando lo ha megapetado ‘La casa de papel’ a nivel internacional, el siguiente paso lógico es tocar Hollywood y precisamente lo bonito era que lo que me tocaba hacer era esta serie. 

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¿Has pensado en dar ese salto a Hollywood?

No puedo avanzar mucho, pero estoy escribiendo, en desarrollo, ahora dos series, una de ellas estamos negociando en EE.UU. porque la propia historia tiene que transcurrir allí. Apunta bien y esperemos que se llegue a materializar. Es una comedia, de 30 minutos. 

¿Sigues el panorama audiovisual aragonés?

Dentro de Aragón igual sigo más a la gente con la que he compartido experiencias y conozco más, o que han estado en ‘El último show’, a ellos sí que los sigo más de cerca. Estoy ahora con los dientes largos de que Miguel Casanova me enseñe el primer montaje del corto que va a hacer (‘No te verán correr’), porque el guión me pareció putoincreíble, y también estoy salivando con las pelis de Paula Ortiz y la que va a empezar Pilar Palomero

¿En qué estarán próximamente?

Ahora mismo me espera por delante un año de escribir, tengo apalabrados dos desarrollos con plataformas, son dos ideas en las que estoy como creador, que voy a estar desarrollando, pero que no quiere decir que se lleguen a rodar. Todo esto es un proceso de ir superando pantalla a pantalla, impredecible. Uno de ellos seguramente rodemos parte de la historia en Aragón, el otro es de época y transcurre en EE.UU., son súper distintos, uno es un thriller de 50 minutos con algo de comedia negra, y el otro es comedia pura, de época y al otro lado del charco. Iremos escribiendo, teniendo feedback de la plataforma y viendo cómo encaja luego si se llegan a rodar los dos o solo uno. Este año he dicho que no a muchos rodajes para poder concentrarme en esto, siempre me pide el cuerpo cuando estoy en una etapa muy larga rodando el escribir y viceversa, soy un culo inquieto. 

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